45 minutos sin interrupciones.

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Una de la preguntas recurrentes que los formadores en productividad debemos responder con mayor frecuencia es ¿cómo organizo mi tiempo? El interlocutor quiere una respuesta inmediata y que pueda ser llevada a la práctica acto seguido.

Mi respuesta también es inmediata y práctica, además de automática: ¿cuánto tiempo efectivo dedicas a la tarea o trabajo del que me hablas? En ese momento no admito respuestas condescendientes que busquen agradar mi oído. Cuando esto ocurre, todo el mundo admite de manera rotunda que menos de las que debiera y de manera desorganizada.

La gestión del tiempo es de los temas productivos sobre los que más se ha escrito y de los que más nos preocupan. No es fácil de abordar ya que las soluciones pasan por el estricto compromiso de adquirir método de trabajo que nos lleve a implementar hábitos.

Gestionar tiempo significa administrar uno de los mayores bienes que tenemos y, curiosamente, de manera universal. Todos tenemos la misma cantidad aunque su administración sea dispar.

Para enfrentarnos a tareas que no nos agradan ya os propuse la técnica Los minutos de la rabia que atajaba de manera clara la procrastinación y automatizaba los tiempos más tediosos para convertirlos en productivos. Hoy os voy a hablar de otra de mis técnicas que resulta igual de efectiva.

Su fundamento se asienta en la alternancia del trabajo con el descanso. Se trata de pautar franjas de tiempo en las que vamos a desarrollar las tareas planificadas o programadas. El periodo puede ser variable y adaptable a cada hábito pero yo encuentro que la unidad de medida de una hora se ajusta perfectamente a la técnica. La forma de llevarla a la práctica es dividir el tiempo en dos fases.

La primera es de trabajo (en mi caso son 45 minutos). En este periodo mi interés reside únicamente en avanzar en el trabajo. Procuro evitar todo tipo de interrupciones que impidan la concentración: móvil, mensajería, pantallas, personas… Es momento sólo de trabajo sin ningún tipo de excusas. El tiempo que decidáis pero de productividad máxima. El hábito y el método se implementan con el propio compromiso.

En segundo lugar, el descanso (15 minutos empleo yo). Ahora sí es momento del correo, de atender los mensajes de las redes sociales, de moverse, de comer o de cualquier actividad que empleemos para hacer una parada en nuestra tarea.

Lo que estamos consiguiendo con esta técnica es aplicar un planificador de tiempo para nuestra actividad. Combinando Los minutos de la rabia con los 45 minutos sin interrupciones mejoramos nuestra productividad de manera sencilla ya que establecemos las pautas de nuestro horario.

El primer paso es conocer cuáles son nuestros ritmos productivos y cómo debemos organizar la combinación de trabajo y descanso. Es mucho más provechoso trabajar sin interrupción un período determinado de tiempo que intentar alargar espacios en los que no rendimos apenas. Hay que investigar sobre estos dos periodos y conocer cuáles son los que mejor se adaptan a nuestra forma de trabajo.

Imagen © FreeDigitalPhotos

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