Biblioteca: dualidad física y virtual.

Si de algo me he enorgullecido toda mi vida ha sido de mis libros. Siempre me recuerdo pegado a ellos y a la lectura. Cuando era pequeño eso hacia que fuera una rara avis dentro de mi grupo (la otra excepción era mi amigo Mario). No se leía. ¿Para qué? Incluso hacerlo estaba mal visto.

Aquella costumbre llevaba a responder a preguntas en algún momento complicadas (la adolescencia siempre es territorio de injusticia). ¿Leer en vez de fútbol? ¿Qué aprendes leyendo tanto? ¿No crees que pierdes el tiempo?

Cada uno es, a su manera, fiel a su religión. Y la mía era y es la lectura y los libros. Libros como contenedores de aventuras y sentimientos; de intrigas y situaciones comprometidas; de verdades recién descubiertas y de mentiras consentidas; de conocimientos imprescindibles y de mitos que había que derribar.

Todo está en los libros. Es una obviedad pero es la verdad que siempre me ha acompañado. Mucho de lo que soy proviene de mis lectura y de las reflexiones que los libros han provocado en mí. No entiendo la vida sin estos complejos artilugios que han construido y amueblado mi cabeza. Son motivo de búsqueda y de descubrimiento. De revisitar después de un tiempo sin frecuentar alguno.

La lectura simboliza en mí todo el ansia que tengo por saber y conocer. Y es algo que no ha cesado jamás. Abrir un libro es sumergirse en un mundo del que desconocemos todo y del cual no se sabe cómo vamos a salir. Es algo muy similar a los viajes: nunca se vuelve de ellos vistiendo la misma piel.

Y el libro, como no podía ser de otra manera, ha evolucionado. Toda la vida cambia. La lectura también.

Nos arropa el manto de la tecnología. El mundo ha sido colonizado por nuevos avances que han provocado un desarrollo vertiginoso en algunos aspectos y que han propiciado que nuestra relación con la lectura sea diferente. Distinta. Ni mejor ni peor.

El adjetivo digital es un gran contenedor que acoge bajo sus alas un mundo infinito. En los libros ha sido una verdadera revolución. El espíritu es el mismo pero sus herramientas son rotundamente nuevas.

La primera ventaja que ha aportado la digitalización es la portabilidad. Recuerdo durante muchos años, al preparar el equipaje para los viajes, que debía reservar un espacio especial para mis lecturas. Físicamente ocupaban sitio (mucho en mi caso).

Esto ha variado radicalmente. Cualquier dispositivo alberga miles de títulos en su memoria. La primera vez que sales a algún sitio llevando un utensilio del tamaño de una libreta y que porta todas las lecturas posibles alucinas.

Cuando el razonamiento llega a este punto, de manera automática, surge el debate. Los férreos defensores del libro en papel sienten como una ofensa la sustitución de la página impresa por la pantalla.

Es una discusión muy viva que, incluso enciende los ánimos a los más puristas: ¡cómo va a ser leer lo mismo un libro en papel que en una pantalla! Hacemos batalla de lo que solo es un enfado.

Yo navego en ambos mares, aunque soy totalmente digital. Mis adquisiciones en papel desde hace muchos años son escasas. Prefiero la cantidad y la comodidad al extraño romanticismo que algunos otorgan al libro de papel.

No por ello mi biblioteca se ha visto mermada. Mis más de tres mil títulos físicos conviven con los digitales. Unos en estanterías otros en memorias de varios gigas.

Disfruto igual con unos que con otros. La meta no es el soporte si no su contenido. A veces, cuando la discusión se dirige a calles sin salida siempre acabo preguntando ¿pero tú qué buscas en un libro? La cuestión impacta y cuando mi interlocutor razona acabamos coincidiendo que da igual el paisaje cuando se busca la belleza.

Leer para crecer.

Imagen: Alexander Von Humboldt en su biblioteca de Berlín. Acuarela de Eduard Hildebrandt, 1856

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