El inicio de todo (1).

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Nos ha tocado vivir en una época en la que tendemos a la clasificación de todas nuestras actividades. Las propias y las ajenas. Nos pasamos el día buscando etiquetas y acomodo a cada una de nuestras ideas. Empleamos un tiempo precioso en colocar a cada persona que nos rodea en un apartado concreto. No puede salirse nadie del guión.

Esto se acrecienta aún más cuando ponemos el foco en la edad. Enseguida aparece ante nosotros el juez implacable y severo que siempre nos acompaña y nos ordena, de manera tajante, cómo debe actuar y comportarse cada persona en función de la edad que tiene. Qué juez tan injusto, dirán unos. Pero le concedemos la posesión de la verdad.

Todavía acumulo en mi rostro la emoción de haber celebrado mi cumpleaños en fecha reciente. Este año, quizás por lo redondo de la cifra, por la forma de la celebración, por las personas con las que estuve o por la mezcla de todo ello, ha sido una ocasión muy especial.

Uno de los comentarios que he escuchado en estos últimos meses con bastante frecuencia ha sido: «Bueno, es momento de…» y cada persona añadía un final para esta solemne frase. Cada contertulio me daba su visión particular del momento especial y, aunque eran distintas, todas coincidían en la misma idea: la arena de nuestro reloj está llegando a su fin. El tiempo se nos está agotando.

Percibía en todas esas palabras cierto derrotismo acompañado de una buena dosis de resignación. Dos palabras que no pertenecen a mi vocabulario y su combinación menos aún.

Parece que nos anuncian que es hora de ir cerrando puertas tras nosotros que ya no se van a volver a abrir. Todo el mundo sugiere que hay que clausurar ciertas habitaciones de nuestra vida porque ya no van a poder ser habitadas de nuevo.

El conformismo es la materia prima de nuestro ocaso.

Siempre es momento de principio y de análisis. De ver todo el camino recorrido y de intuir cuánto sendero queda delante de nosotros.

Las celebraciones de la edad nos dan argumentos para justificar todo lo que hemos hecho y aprobar, con mejor o peor nota, las asignaturas de nuestra vida. Aquellas en las que nos hemos matriculado de una forma más o menos voluntaria. En algunas, superamos la prueba con una calificación excelente, mientras que en otros casos no pasamos del aprobado raspado.

Oímos constantemente que una gran parte de la actividad del ser humano va ligada a sus capacidades físicas. Y así, tendríamos por lógica que encontrar la plenitud de la vida en la juventud. No siempre se produce esa unión. Hay veces que nos sorprendemos de manera espectacular contemplando a «gente de edad» realizando actividades que no les «son propias”.

Es cierto, y sería estúpido si lo negase, que la edad es un pasaporte que te posibilita el viaje, pero no es el requisito imprescindible que nos permite cruzar fronteras. Los límites los establecemos nosotros, incluso deliberadamente.

Imagen © MyT

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2 respuestas a El inicio de todo (1).

  1. Susana dijo:

    Cuanta razon tienes. Es una pena perder cosas por culpa de «esas etiquetas impuestas». Asi que a ponerse las pilas y a disfrutar y tu sigue escribiendo estas cosas tan bonitas , que nos alegran la vida.

  2. Pingback: El inicio de todo (y 2). |

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