El regalo.

Conozco a muy pocas personas que no les atraigan los regalos. En todos nosotros anida la necesidad de sorpresa como característica singular del ser humano.

Nos agrada que nos sorprendan aunque, de manera simultánea, esta situación conlleve cierto rubor. Hay un poco de vergüenza en recibir algo de alguien.

Cuando los regalos son ofrecidos de manera periódica, esa sorpresa se convierte en expectativa. ¿Qué pasará este año? ¿Se habrán acordado de mí? ¿Llegará por fin eso que tanto quiero? Aquí los más impacientes no podrán sujetar sus nervios y necesitarán controlar sus emociones. Los más calmados ya tendrán pensado qué van a hacer. Infinitas situaciones para infinitas personas.

Todos los inicios de año nos llega un regalo esperado de 8.760 horas. No por ser conocido o ser predecible es menos importante. Lo que está claro es que nunca falta a su cita anual. Qué gran ventaja.

Volvemos a iniciar un larguísimo periodo de tiempo al que hemos convenido llamar año y que no es más que un contenedor de nuestra vida. Vamos a depositar allí todo lo que esperamos (bueno o malo) y todo lo que nos sobrevenga (preferiblemente bueno). Tenemos un calendario por imaginar y completar con las piezas que nosotros elijamos.

Comenzar un año es dotar de un envoltorio de tiempo a nuestra vida. Así de sencillo y, sin embargo, con tanta complicación. En ocasiones, durante esos doce meses, el embalaje será perfecto, liso, ajustado. En otros momentos, alguna tormenta provocará que las cosas sucedan distintas a cómo las habíamos pensado.

Tenemos las piezas de un rompecabezas que armar. El resultado de unirlas conformará la imagen de nuestra vida durante un largo año.

Por todo esto hay que trazar una estrategia para que el regalo sea lo más provechoso posible y podamos exprimir al máximo sus posibilidades. No todos los obsequios vienen con un manual de instrucciones y en este caso menos porque las reglas las marcamos nosotros.

En primer lugar, dediquemos un momento a echar la vista atrás y analizar qué hemos hecho con los regalos de años anteriores. ¿Algunos están sin abrir? ¿Otros siguen sin tener sentido? ¿Tengo posibilidad de darles otro uso? ¿Han resultado una mala inversión? ¿Los he disfrutado?

Esta última cuestión la considero capital y su respuesta debemos pensarla y analizarla. Estoy planteando desde el comienzo del artículo que el uso y aprovechamiento que le demos a los próximos 365 días depende de nosotros mismos. Dejémonos de falsas concepciones de si somos o no dueños de nuestro tiempo. Aquí no debemos confundir la organización de nuestra vida (horarios, trabajos, compromisos, citas) con el disfrute en cada uno de sus ámbitos. Los hijos son un claro ejemplo de este argumento. Absorben la totalidad del tiempo, incluso llegando a la extenuación pero esos momentos son de placer inmenso.

No asimilemos cantidad de tiempo con calidad del mismo: cinco minutos de algo que nos apasiona compensa el tiempo de espera que hemos tenido que malgastar hasta llegar allí.

Conozco decenas de personas que, poseyendo todo el tiempo a su disposición para realizar lo que quieran, son tremendamente derrochadoras y desaprovechadoras del mismo. En el otro extremo de la cuerda se sitúan aquellos que sus reservas de tiempo son escasas pero cada minuto lo disfrutan con una intensidad digna de envidia.

Evaluemos qué hemos hecho pero pensemos en qué queremos hacer. Mi método en este instante es de una sencillez mayúscula: papel y bolígrafo. Anotemos con la libertad que nos proporciona ser uno mismo todo aquello que queramos hacer en los 525.600 minutos que tenemos por delante. No permitáis que la cabeza ponga frenos, lanzaos a imaginar, soñar, diseñar, planificar, programar, disponer u organizar todo aquello que hayáis anotado.

¿Límites? Los que vosotros decidáis.

Un año es mucha vida.

Imagen © FreeDigitalPhotos

Composición © MyT

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