Empecemos a leer.

No recuerdo haber pasado un momento de mi vida sin tener un libro entre las manos. Jamás. De pequeño, mis amigos me hacían la broma de llamarme “el león” porque todo el día estaba leyendo. Siempre acompañado de un libro.

No sería capaz de decir cuándo contraje esta enfermedad pero desde siempre me ha acompañado. Creo que ya no tiene remedio ni solución.

A través de los libros conocí a una niña que vivía en un bosque y que no se llevaba bien con un lobo. También me acuerdo del miedo que pasé un verano leyendo la historia de un cura que se dedicada a eliminar demonios. De las aventuras de un caballero que buscaba a su princesa. O de un personaje que, a través de su olfato, nos regaló todo un mundo de olores. Sin olvidarme de años de soledad, amores con cólera o historias de caminos, pillos, espadachines, asesinos o delicadas ancianas que se dedicaban a resolver crímenes.

Lo mejor de todo es que me lo creía, me lo creo. Las historias me lograban atrapar entre sus manos y no quería que nunca acabaran. La posibilidad de la lectura era vivir vidas ajenas a la mía o imaginar mundos que en mi mundo no existían ni en el mejor de los sueños. Enamorarse de amores imposibles (afortunadamente en muchos casos). Es una sensación que sigo teniendo viva cada vez que inicio una nueva historia: sigo transportando mi cabeza hacia donde el autor me quiera llevar, allá voy. Me sigo creyendo la magia de las palabras.

Después de muchos años leyendo, me da rabia pensar todos los libros que he leído y de los que apenas recuerdo nada. Me gustaría poseer una memoria infinita para poder recorrer de nuevo sus historias. Aunque también creo que si hubieran contado algo importante seguirían viviendo en mi cabeza. Los libros que permanecen y te acompañan, te hacen crecer.

Con un libro entre las manos he llorado de rabia al ver que el protagonista moría o de alegría, porque dos personajes se volvían a encontrar. Recuerdo libros que me producían carcajadas y que todas las personas a mi alrededor me miraban. Otros no tendrían que acabarse jamás porque de sus páginas salía un mundo que yo no quería abandonar, quería seguir viviendo con aquellos personajes que acababa de conocer pero que me habían seducido.

Cuando paseo por una librería o buceo en una página digital y contemplo las montañas de libros delante de mis ojos siempre pienso en la cantidad de historias que están esperándome. Sólo con abrir sus páginas todo comienza y me sumerjo en ese maravilloso mundo que me permite vivir distintas vidas.

Por esto siempre me hago la misma pregunta: ¿cómo alguien no se puede sentir atrapado por la pasión que produce un libro?

Vivimos un mundo de pantallas, en el que lo que no es visual no existe. Perfecto. Mi perfil digital probablemente sea superior al de muchas personas que no leen pero no se trata de establecer relaciones excluyentes.

El libro, la lectura en definitiva, es complemento imprescindible de la educación y la formación. En muchas ocasiones han tratado de rebatirme este argumento posicionando a la educación en otro ámbito. Estrepitoso error. La lectura es la base del conocimiento. Ya abordé este asunto en Lectura productiva.

Leer es crecer. ¿Alguien lo discute?

Imagen © Patrick Tomasso para Unsplash

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2 respuestas a Empecemos a leer.

  1. Rubén dijo:

    Da igual que demuestres esa pasión por la lectura. Si no hay una pantalla detrás ….. yo también seguiré leyendo y disfrutando. Gran aportación una vez más.

  2. Pedro dijo:

    Leer es la gran puerta al conocimiento. Cuando veo el desprecio que las personas hacen de la lectura, solo me pregunto cómo aprenden ellos o es que no lo hacen. Falta base y motivación. Faltan maestros que enseñen a disfrutar de los libros. Sobran tópicos. Sobra incultura. Sobran hábitos que damos por buenos y toleramos haciendo una sociedad cada vez más bruta. Pero, eso si, aplaudamos la cultura de la imagen y las pantallas

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