Hablar en público (1).

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Cuando me fijo en habilidades profesionales que creo son determinantes para cualquier persona, siempre pongo el foco sobre la comunicación. Y, siendo más preciso, sobre la capacidad de hablar en público.

Sin embargo, pocas personas manifiestan interés por adquirir esta capacidad imprescindible en cada vez más entornos. Es, a todas luces, una asignatura pendiente en el mundo educativo y laboral.

Todos los que trabajamos con grupos de personas hemos de compartir, en un momento preciso, mensajes. La variedad de la información es infinita y la forma de ser transmitida también tiene múltiples opciones.

Cuando la comunicación es uno a uno o con pequeños grupos, no se suelen manifestar problemas para establecerla. Esta situación varía cuando los grupos son más numerosos y/o los auditorios son, en ocasiones, desconocidos.

Hablar en público, para muchas personas, es una de las habilidades más complejas que existen aunque, por otro lado, también de las más gratificantes. Todas las personas que nos hemos enfrentado a una sala repleta de público en la que se iba a contar algo coincidimos en esta reflexión.

Cuando el orador que tenemos delante logra enganchar con las personas, se produce un estado de conexión en el que el oyente participa activamente del mensaje que está siendo transmitido.

Los gestos, los movimientos, las palabras, los silencios o las sonrisas logran impactar sobre nuestra atención. Esto no quiere decir que estemos de acuerdo con el mensaje que se expone si no que el orador sabe empastar certeramente con su público.

Después de asistir a una buena conferencia o exposición, el recuerdo de lo allí dicho permanece en nuestra mente durante años. En alguna ocasión no recordaremos claramente el mensaje o las frases que se pronunciaron pero tenemos de una manera muy vívida la puesta en escena del orador, las anécdotas que contó o el libro que recomendó.

En el otro extremo, todos hemos pasado por la penosa experiencia de asistir a un acto cuyo protagonista era tedioso, repetitivo o aburrido en sus planteamientos. Una deficiente comunicación y puesta en escena por parte del ponente provoca que deseemos que el evento finalice cuanto antes.

Una de las premisas para que nuestra exposición sea exitosa es transmitir las ideas de forma clara. Debemos atraer la atención sobre nosotros y lo que queramos contar pero si en nuestra exposición predomina la confusión de planteamientos infundiremos una idea de caos a nuestro auditorio.

Atraer la atención también significa ser ameno. Debemos pensar (y en muchos casos así lo es) que nuestro auditorio está constantemente evaluando lo que decimos. Este permanente examen debe ser un acicate para realizar una magnífica exposición.

Evaluar y juzgar lo asimilamos casi siempre a emitir opiniones. Aunque no lo percibamos, las personas que tenemos delante atentas a nuestra charla evalúan y juzgan cada una de nuestras palabras pero también nuestra puesta en escena.

Si además de comunicar bien, somos receptivos de manera positiva con el mensaje que nos transmiten, la persona que se dirige a nosotros acaba por cautivarnos.

Imagen © FreeDigitalPhotos

Composición © MyT

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