La técnica del filete.

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Constantemente estamos iniciando proyectos. Cada uno de ellos, de manera independiente a su origen o asunto, tiene una fecha de inicio y una serie de procedimientos. Cuando hablo de proyectos, incluyo de la misma manera a un diseño de producto o estudiar un tema de historia para un examen de secundaria o universidad.

Este inicio o arranque nos consume mucha energía ya que presume dar el primer paso de un trabajo que, con frecuencia, no dominamos aún. Supone encontrar la hebra del hilo que desenreda la bobina de nuestra ocupación.

Debemos realizar, por ejemplo, una nueva presentación para un equipo de trabajo, la primera pregunta que aparece en todas las ocasiones es: ¿por dónde comienzo? Tenemos claro cuál es el desarrollo que vamos a seguir, el objetivo que perseguimos e, incluso, el diseño formal de la presentación pero dudamos con la apertura.

En mis jornadas de formación para estudiantes de secundaria y bachillerato les explico, desarrollamos y ponemos en práctica “la técnica del filete”. Hoy quiero compartirla con vosotros porque no se circunscribe sólo a estos colectivos.

Siempre comienzo con la proyección de un suculento filete a la plancha de dimensiones ciertamente inabordables y la cuestión que en ese momento formulo es la siguiente:

-Muy apetitoso pero ¿os lo podéis comer de una sola vez?

Las respuestas también se repiten y son siempre las mismas:

-Es imposible.

Entonces ¿por qué nos empeñamos en comernos de una tacada seis temas de geografía, la actualización de los datos de nuestros clientes, la lectura de un manual operativo de 300 páginas, la redacción de un trabajo posterior a una investigación, el diseño de una hoja de cálculo o la elaboración de la presentación que antes mencionaba para nuestro equipo de trabajo?

La consigna que siempre doy es muy sencilla: dividir, partir, trocear. Fracciona una acción sobre tu proyecto de manera que lo puedas ir afrontando de manera productiva. Fragmenta la tarea en otras más pequeñas y que sean asequibles.

Al igual que tomamos el cuchillo y el tenedor y, de una manera ordenada, vamos troceando el filete para convertirlo en dosis admisibles por nuestra boca, debemos emplear un cuchillo y un tenedor organizativos para realizar la misma función con la tarea que estemos realizando. El éxito es mayor si, al tiempo, lo combinamos con otra técnica que ya os he referenciado en varios de mis artículos (Los minutos de la rabia).

La sensación que tiene nuestra mente cuando se acerca a una tarea compleja es, en numerosas ocasiones, el primer problema productivo con el que nos enfrentamos.

Avanzamos sobre los trabajos cuando percibimos que hemos conquistado terreno, que les vamos ganando la partida. Esto implica que somos nosotros los que progresamos en la consecución de las tareas porque sabemos cuál es el siguiente bocado que debemos dar.

No quiero decir con esto en ningún momento que los proyectos complejos nos superen, si no que en cualquier actividad debemos encontrar una fácil manera de resolución y nos será más viable completarla.

Imagen © FreeDigitalPhotos

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