La última pieza del puzle.

planificar, planificación, organización de las tareas, motivación

Todo aquel que haya armado un puzle alguna vez comprenderá perfectamente si le digo que hoy he puesto la última pieza de uno. La sensación es de puro placer. La sonrisa se instala de manera automática en el rostro sin poder evitar la mueca de satisfacción.

Pero quien ha montado un rompecabezas alguna vez sabe que el disfrute no sólo llega por la culminación del trabajo si no por poner fin con un broche magnífico a una tarea que nos ha tenido muy ocupados durante largo tiempo.

El camino ha podido ser prolongado (dependiendo siempre del tamaño y del número de piezas de éste). Todo empezó, con seguridad, escrutando minuciosamente la imagen que teníamos delante de nosotros: las tonalidades de blanco que poblaban el cielo; los matices de azul que dibujaban el agua; los siempre complicados grises que no sabemos si pertenecen al cielo, a un edificio o a una nube tormentosa.

A continuación, se marca uno la estrategia. ¿Por dónde comenzar? ¿Tal vez buscando las piezas que enmarcan la escena? ¿Quizás separando los colores más básicos aproximándonos así a las diferentes áreas? ¿O montando una parte muy identificada de la imagen?

Sea como fuere, establecemos una pauta de construcción que parte de la organización del trabajo. Yo siempre comienzo encuadrando la composición. Busco las piezas que delimitan la imagen y sé que toda mi labor se centra hacia el interior. Es una opción.

Cuando tengo esto realizado (presupone localizar las piezas que conforman las fronteras de la imagen) he alcanzado el primer hito.

Las recompensas son siempre necesarias para quien efectúa la labor. El trabajo realizado provoca satisfacción y motivación en quien lo ejecuta.

El difícil camino de las 1.000, 2.000 o 3.000 piezas ya ha sido balizado. Sabemos dónde están nuestras lindes y tenemos la seguridad de haber asentado el armazón de nuestra construcción.

He pasado mucho rato mirando este sencillo marco, vacío, pero ya pleno de trabajo. La tarea no ha hecho más que comenzar, eso lo tengo muy claro, pero mis límites están trazados.

El siguiente paso de la aventura es decidir la ruta a seguir. Varía mucho según la complicación de las formas, los colores, las tonalidades o las sombras.

Vuelve a ser momento de reflexionar sobre los cómos: cómo seguiría si comenzase por los árboles, cómo empezaría a montar la zona de personas o cómo distingo los matices de verde en un prado.

Ataco por donde encuentro singularidad: la torre de un castillo (muy oscura) que se perfila nítidamente sobre el cielo blanco de nubes. O el coche con los faros encendidos que alumbra un trozo, mínimo, de la carretera. Partir de lo singular facilita tirar del hilo en la construcción de la escena.

Si se acaba el reflejo de la luz o se terminan las almenas de la torre, busco de nuevo el elemento distinto que hace crecer, en otro lado del tablero, un atisbo de objeto.

Y vuelvo a parar. Y decido buscar todas las piezas que contengan las tres luces del semáforo. Inicio así una criba catalogando los rojos, naranjas/amarillos y verdes.

Ya tengo tres montones. En este momento me voy ayudando de los distintos recipientes que voy encontrando. Todo me vale para depositar piezas: platos, ceniceros, botes, cajas… Ningún contenedor es desechado.

Día tras día el puzle va creciendo. Cuanto más método aplico, mayor es el desarrollo. Pero también soy consciente de que llegarán momentos en los que no tendré tiempo de buscar ni siquiera una pieza. Otros en los que me pensaré que armar una imagen de ese tamaño y dividida por piezas es una soberana memez. Otros en los que, después, de un rato infructuoso buscando la única pieza blanca que me falta para completar la zona de nieve, pienso en desmontarlo todo, devolver las piezas a la caja y regalar el pasatiempo.

Y otros, los mejores, en los que en un mínimo espacio de tiempo, se sucederá la colocación de una tras otra las piezas que me faltaban del puente. Es en ese momento cuando todo toma de nuevo sentido y aparece la alegría, el sentido de la tarea y la recompensa en forma de imagen que crece.

Día a día. Semana a semana hasta que vislumbramos la conclusión. Nos costó empezar la construcción y ahora nos movemos entre la sensación de que el puzle se termina, el ansia por acabar y la necesidad de abordar otro reto, quizás más complicado o quizás de mayor tamaño.

Y quedan, de repente, apenas cien piezas que rápidamente se reducen a setenta y, después de una tarde muy productiva, un puñado que no llega a treinta.

Ahora la intensidad es mayúscula. No hay nada más. Sólo quieres finalizar. Necesitas concluir y ver que no falta ninguna pieza, que todo acaba tal y como lo imaginaste al abrir la caja.

La última pieza es la de la sonrisa. La de la frase pensada y no enunciada: “Ya está. Lo ves.” La de la pequeña exclamación: ”¡Si, bien!”

Lo que partía de la dificultad y del desconocimiento se ha tornado en algo bello que tenemos delante de nuestros ojos. Ya anticipábamos cómo iba a ser el resultado, pero siempre lo visualizamos mejor. Es más bonita la imagen final que la que ilustra la caja.

En mi caso, corro a compartirlo. Y lo hago con el orgullo del que edifica su construcción desde cero. Y vuelvo a contar que era muy complejo, que los colores no se distinguían o que ha sido el más complicado que he hecho. Pero esas frases ya las he pronunciado con puzles anteriores.

Y vuelvo a quedarme mirando mi pequeña obra como si hubiese levantado una pirámide.

Pero no es de puzles o pasatiempos de lo que os he querido hablar hoy si no de proyectos, trabajos, presentaciones o cualquier tarea que realizáis.

Todo se construye igual, con el mismo proceso. Cambiad la palabra puzle por aquello en lo que estáis trabajando y el sentido del artículo es el mismo.

Organización y planificación para abordar exitosamente cualquier empresa sea grande o pequeña.

El diseño es el mismo. Momentos de pensar qué hago. Tiempo para estructurar cómo lo hago. Paradas obligatorias para reflexionar o repasar lo realizado o, sencillamente, para descansar del trayecto.

Fijar estrategia es el pilar sobre el que asentamos la realización de la tarea. Hay que invertir tiempo en ello, a la larga será un momento que rentabilizaremos sobremanera.

Para, evalúa, continúa, replantea la estrategia, reflexiona, avanza con moderación, prémiate, fija hitos, imprime velocidad, distánciate y contempla lo realizado de manera crítica, vuelve a retomar el camino, aporta ritmo y método.

¿Cuántos puzles/proyectos has realizado en tu vida? ¿Cómo encajas las piezas?

Imagen © MyT

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3 respuestas a La última pieza del puzle.

  1. Laura dijo:

    Simplemente magnifico

  2. Pedro Luis dijo:

    Otra vez más me quedo alucinado con lo que leo. Felicidades una vez más

  3. Marina Redondo dijo:

    Como siempre, estoy completamente de acuerdo.
    Llamalo puzles, llamalo retos, que cuando los consigues obtienes tu propia recompensa: el orgullo de haber sido capaz de conseguirlo.
    Esto nos lleva, sin darnos cuenta a un crecimiento personal de madurez y superación.

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