La vida cotidiana.

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Todo comenzó como una situación inesperada que día a día se fue complicando.

Y sin habernos dado cuenta nos encontramos encerrados, desconcertados y temerosos de todo lo que podía pasar y de lo que no éramos conscientes.

Los primeros días fueron la novedad del sitio recién descubierto, de una nueva realidad encontrada. Entramos en nuestras casas con la incertidumbre instalada en nuestras cabezas y no volvimos a pisar la calle.

Una palabra que define este tiempo es emoción. Hemos puesto emoción en todo lo que realizábamos para que lo cotidiano, lo que conocíamos nos volviera a acompañar. Emoción con las personas que nos cuidaban. Emoción con aquellos con los que nos ha tocado convivir. Emoción en la narración de las situaciones que veíamos o nos contaban. Emoción al hablar con los que han quedado lejos, pero están tan cerca. Emoción al ver como, miraras donde miraras, esto afectaba a todo el mundo.

El desconcierto de lo inesperado activa nuestro sentido de supervivencia: no a los abrazos; no a los besos; no a la cercanía; no al contacto con nadie. Y empezamos a levantar muros invisibles que nos protegían. Unos muros que debían ser infranqueables. Yo no puedo salir pero tú no vas a entrar, era el lema imaginario que, a modo de letanía, todos entonamos.

Y los muros mentales se convirtieron en físicos. El mal avanzaba y no era suficiente con un ejercicio intelectual de prevención. Vimos levantarse en días estructuras que jamás hubiésemos imaginado. La desmesura de lo que vivíamos no había existido jamás y la respuesta era proporcionada.

La vida sufría cambios permanentes. Sin habernos acostumbrado a respirar de manera distinta, debíamos virar nuestro comportamiento en otra dirección. Lo permanente era la mutación. Lo habitual era lo cambiante. Así hemos aprendido a ver la noticia cada hora para acomodarnos con lo que pasara en ese instante. Lo nuevo ya es viejo unos minutos más tarde. Lo nuevo es un futuro que se inventa sobre la marcha.

Y a eso desconocido se le unen las nuevas consignas, los nuevos gestos, los nuevos ritos. Un nuevo pensamiento surge unificando a todos los cautivos. Y, estando cada uno en su casa, brota inesperadamente el abrazo, el reconocimiento, la alegría, la solidaridad y la generosidad. Sin movernos más que unos metros, caminamos juntos kilómetros que no hubiésemos imaginado semanas atrás. Las cabezas se abren hacia un nuevo mundo en construcción. Y las manos de todos acompañan.

Los cimientos sobre los que todo se asienta se apoyan en la muerte.

El contador implacable de víctimas no se detiene. Es un movimiento que se inicia y su velocidad ya es difícil de detener. Aprieta el paso y siega vidas. Jamás se habían visto esas cifras. Son aterradoras. De una magnitud inimaginable. Y detrás de cada una se narra una historia. De este dolor no nos vamos a recuperar. Mitigaremos su daño, trataremos de suavizar su efecto, pero es una herida que jamás cerrará. Morir es injusto y una muerte apresurada aún más.

Es despreciable acumular vidas muertas en un contador que no quiere detenerse. En muy poco tiempo hemos recorrido un sendero en cuyos márgenes se ha acumulado el dolor. En la mayor parte de los casos, dolor ajeno que hemos interiorizado como nuestro. Y volvemos a la soledad cautiva y acompañada de nuestras casas, allí donde contenemos la respiración cuando alguien anuncia que el contador se ha actualizado. Muerte sobre muerte. Añadimos dolor al dolor sin que sea la última vez que lo hagamos. Y no imaginemos que hemos rebasado el umbral, el contador sigue marcando.

Continúa existiendo una vida cotidiana que tampoco sabe parar. No se puede dejar de respirar, ni que el corazón cese sus latidos, no se puede renunciar a abrir los ojos. La vida no pide permiso para seguir, igual que no lo pide para marcharse. La vida sigue y quiere que sigamos, que respiremos y que nos movamos, que toquemos y que comamos, que apretemos los puños frente al contador y que aplaudamos a un vacío que ya es colectivo.

Es también un momento de mensajes, grandilocuentes y estúpidos, emocionantes y sentidos, falsos y rencorosos, amables y esperanzados. Y hay uno por encima de todos que es indiscutible: la vida sigue viviendo, todo continúa aunque suframos al respirar. Este contador no debemos detenerlo.

Imagen @ MyT

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