Planificar para evitar las prisas.

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Llevábamos poco tiempo trabajando juntos cuando mi compañero de equipo, ante una situación que me empezaba a preocupar me soltó la lapidaria frase. «Trabajo hecho no mete prisa». Me quedé parado y antes de poder reaccionar, la sentencia había sido anotada en mi Libreta “no olvidar” que tenía al lado.

Han pasado muchos años y ésta es una de las frases que acompañan a mi quehacer diario. Son de esas referencia que tenemos y que buscamos siempre que alguna situación nos hace zozobrar en nuestros pensamientos.

La mayoría de las ocasiones en las que mostramos inquietud por un trabajo no realizado no tiene justificación. Adolecemos de una habitual falta de planificación que nos lleva a momentos de agobio y de prisas.

Si sabemos que muchas de nuestras tareas tienen fecha de vencimiento ¿por qué nos empeñamos en agotarla?

Planificar significa establecer y pautar tiempos para las tareas que tenemos que efectuar. Dedicar un tiempo a ver cómo vamos a abordar las tareas y qué requerimientos precisamos. Es anticiparnos a aquello que va a pasar poniendo nosotros las reglas para que nada salga fuera de lo establecido.

El guión lo marcamos nosotros y cualquier cambio sobre él también lo decidimos nosotros. No podemos estar presos de acontecimientos que surgen de manera inesperada y que son los que manejan nuestro plan.

De manera involuntaria, planificamos diariamente actividades para que nuestra vida funcione acorde a lo que deseamos. Planificamos cuándo realizamos nuestras compras, los días que dedicamos a la limpieza, las diversas citas con médicos, gestores o el taller.

Al ejecutar estas rutinas lo que nos proporcionamos es seguridad. Los que habitualmente hablamos en público tenemos la costumbre de, aunque nuestro discurso esté muy ensayado, elaborar un pequeño guión que es columna vertebral de nuestra intervención. Planificando estas ideas básicas hacemos algo muy sencillo: afianzar el camino que vamos a recorrer.

Imaginemos que alguien nos dijera que nos podría liberar de nervios y tensión ante cualquier situación que se nos ha ido de las manos y que, a futuro, no volverá a ocurrir. ¿Si? Pues ese alguien somos nosotros mismos con un calendario planificando.

Propuesta: mirad vuestra agenda de los próximos quince días. Ved que acciones de las que tenéis programadas están fuera de los plazos pautados y priorizarlas para no llegar a la fecha establecida con agobios y con presión.

Nosotros somos nuestros peores jueces. Evaluamos constantemente nuestra actividad y no nos concedemos variable de error. La peor presión que podemos soportar es la que nos autoimponemos.

En el mundo de la proactividad existe un concepto muy habitual que es el de la procrastinación que no es más que aplazar o demorar compromisos adquiridos. Es el famoso “ya lo haré, hay tiempo”. Creo que esto sería fácilmente erradicable si estableciéramos una planificación exigente de nuestras tareas.

Reflexión: revisad los compromisos que teníais adquiridos en los dos últimos meses y que no hayáis podido cumplir o que habéis tenido que modificar. Con una planificación previa ¿hubierais llegado? Seguro.

Imagen © FreeDigitalPhotos

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