Prohibiciones y negaciones.

Llego a un establecimiento y al tratar de abrir su puerta veo, delante de mí, la luna de cristal empapelada. Me detengo sobre los distintos carteles fijados allí. Todos informan de limitaciones: jugar a la pelota, la forma que hay que vestir para acceder, las bebidas, el tipo de servicio que se ofrece o la restricción de acceso a los animales.

No analizo las prohibiciones. Cada uno en su ámbito tiene la libertad absoluta de limitar cualquier cosa. Pongo foco en lo que esa cartelería transmite. En los mensajes negativos que lanzamos con el lenguaje.

Limitar también es, sin duda, regular. Y en ocasiones es muy necesario ya sea por seguridad o por orden. Cuando prohibimos, limitamos pero también nos limitamos porque las prohibiciones son un bumerán que en algún momento nos alcanza e impacta contra nosotros.

El efecto de no poder hacer una lista de cosas provoca un rechazo natural en el pensamiento del ser humano. Nuestra cabeza no está diseñada para ser constreñida por un espacio limitado por muros. Necesitamos de una amplitud que provoque pensamientos y creación; opiniones y gustos o distintas maneras de abordar las situaciones.

¿Qué sensación tenemos cuando llegamos a un lugar y nos colocan un gran “no” delante de nuestros ojos? Resulta chocante que la tarjeta de visita de cualquiera sea una declaración de intenciones de lo que no se puede hacer.

Lo que fomenta este lenguaje, de primeras, es rechazo. Y, seguramente, la atención que nos proporcionen allí sea excelente, o todo lo que pidamos sea exquisito, o el trato que nos den sea irreprochable pero el lenguaje es un arma muy poderosa.

En multitud de ocasiones, cuando conocemos a alguien, sus primeras palabras condicionan nuestra relación. Luego avanzamos y podemos haber tenido una mala primera impresión que podremos cambiar (aunque recordemos que solo hay una única oportunidad para causar una primera impresión). La imagen está creada. Volvamos al ejemplo del inicio y analicemos de nuevo los mensajes negativos y de prohibición.

Recuerdo en este momento la célebre frase “prohibido prohibir”, acuñada en el mayo del 68 parisino. La doble negación lleva al contrasentido imprimiendo un espíritu de que todo se puede hacer. Avanzo un paso más. Quizás todo sea tan sencillo como que cada individuo practicara la autorregulación con una simple consigna: si no es bueno para mí, no debe serlo para nadie.

Limitemos, acordemos, regulemos pero no impongamos y, sobre todo, cómo lo transmitimos. Soy un firme defensor de la idea de que para poder vivir en sociedad hay que buscar la armonía. Es uno de los valores que debemos perseguir. Todos debemos encajar en un paisaje en el que no sobre ningún color. Habrá que ver cómo los combinamos pero nunca rechazando. Y el lenguaje fomenta, en esta ocasión, el rechazo.

Si me prohíben me estanco, si prohíbo no dejo avanzar. Pactemos, dialoguemos, tracemos límites que regulen pero que no cercenen libertades y menos con el lenguaje. Es momento de fijar los ojos en el subtítulo de esta página y ver si el pensamiento positivo contempla el lenguaje positivo.

¿Prohibiciones? ¿Negaciones? Razonemos cómo hablamos y escribimos.

Imagen © MyT

Facebook
Print Friendly, PDF & Email
Esta entrada fue publicada en Impresiones. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.