Tiempo de aprender a descansar.

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El ser humano, como animal que es, organiza su vida en ciclos y estructura cada una de sus actividades. Y así, tenemos ciclos de supervivencia, de ocio y, por supuesto, de descanso.

Todos perseguimos de manera ímproba esos momentos sobre los que depositamos unos anhelos supremos. Sobre estos últimos pivotan muchos de los deseos que los seres humanos expresamos en voz alta como prioritarios en nuestra vida.

Nuestra cotidianeidad nos lleva a ritmos maratonianos para alcanzar un descanso que no compensa con el camino recorrido. Nos empeñamos en acelerar nuestros tiempos para alcanzar un paraíso de descanso que, a todas luces, tiene carácter de espejismo.

Todo esto se acrecienta cuando los periodos de descanso son de mayor duración. Nuestras expectativas se ven frustradas cuando la meta no satisface el esfuerzo de la carrera.

Atribuimos a esos días de asueto la panacea que solucionará todos nuestros problemas acumulados (bien sea en el trabajo, bien sea con la familia o en cualquier otro ámbito) y entonces se produce el choque con la realidad. Tiempo de descanso no siempre es sinónimo de tiempo de tranquilidad. La convivencia diaria, la conversación no habitual, el limitado espacio físico… condicionan sobremanera estos momentos de aparente relajación.

Al final, los días que se prometían como los más esperados y enriquecedores del año, desembocan en una terrible cuenta atrás para que el tiempo fluya más raudo y nos devuelva al ciclo de actividad.

Cambiemos todo lo anterior.

La premisa es encontrar equilibrio en nuestro día a día. Diariamente debemos apostar por balancear ocupaciones y descanso, tareas con pausas, ritmo son sosiego y actividad con reposo. En nuestra actividad diaria nos olvidamos de la segunda parte de estos binomios siendo igual de importante que la primera.

Estamos muy acostumbrados a ritmos en los que no hay ni un pequeño espacio para el descanso. Interpretamos que todo debe ser actividad incesante y constante. Grave error ya que todo esto nos lleva a valorar la actividad como algo “no bueno” (no quiero calificarla de mala ya que no es ni real ni justo).

La actividad debe ser finiquitada lo antes posible para poder pasar al tiempo del reposo y la calma. La realidad es que este periodo pocas veces llega. Enganchamos una actividad con otra sin intervalo de demora. El descanso se aplaza de manera indefinida.

Cuando algo no se practica, se acaba olvidando. Cualquier tarea que no tenemos presente y al día nos plantea dificultades para su ejecución. Con el descanso ocurre lo mismo. Hay que aprender a descansar. Esta actividad requiere de su propio método y código.

Ensayemos en nuestro quehacer diario. Alternemos actividad con pausas. Establezcamos microdescansos que nos permitan optimizar nuestro tiempo.

Estamos en una época en la que todo el mundo busca su descanso con un El Dorado a conquistar. No podemos proyectar a futuro esperanzas en hechos que no sabemos si se van a cumplir, seamos muy pragmáticos e incluyamos el reposo en nuestra habitualidad. Obtendremos muchos y mejores resultados.

Imagen © FreeDigitalPhotos

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